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Ceremonia Martires
Ceremonia “HOMENAJE A LOS MÁRTIRES DE LA FUERZA AÉREA 2009 ”
CDA (A) SR CHRISTIAN GÓMEZ MENESES (1.NOV.09)
Ella se sentó y cantó siempre, |
junto a las orillas verdes del arroyo, |
viendo a los peces saltar y jugar, |
bajo el alegre rayo del sol. |
Yo me senté y lloré siempre, |
bajo lo más sombrío de la luna |
viendo los capullos de mayo, |
bañando con lágrimas, el arroyo. |
Yo, yo lloré por la memoria; |
Ella, ella cantó por la esperanza; |
mis lágrimas se ahogaron en el mar, |
su canción se murió en el aire. |
(“Ella se sentó y cantó” de Christina Rossetti. Adaptación).
Estos versos escritos por la poetisa inglesa Christina Rossetti reflejan la distinta actitud asumida al enfrentar una pérdida. La optimista, cantó porque hizo de su vida un encanto; la pesimista, por su quebranto, se sumió en el llanto.
Y en ambas, al final de cuentas, no importando el camino elegido, el resultado de sus acciones termina por desvanecerse, como toda obra humana, porque el vivir y el morir, inexorablemente son parte de nuestra existencia.
Estimados Camaradas y amigos:
En este verde prado, del patio de honor |
de la escuela original, |
en donde se alza nuestro monumento de duelo, |
ese cóndor inmortal, |
con sed suprema de cielo, |
es mudo y fiel testigo |
que hoy, junto a la madre y la amada, |
la Familia Aérea se ha reunido a recordar |
a los Camaradas que en su avión, |
han dejado con gloria la legión. |
Fueron los primeros mártires de la aviación militar del Ejército:
- El TTE Francisco Mery Aguirre, cayendo en su avión “Bleriot”, un 11 de enero de 1914, lo siguieron:
- El TTE Alejandro Bello Silva, el SG1o Adolfo Menadier Rojas, y los TTEs Tucapel Ponce Arellano y Emilio Berguño Meneses.
El TTE 2o Pedro Luco Christie, perdió la vida el 18 de octubre de 1916, en su avión “Sánchez Besa” siendo uno de los integrantes del primer curso de aviadores de la Armada.
Cinco años más tarde, lo secundó, cinco años más tarde, el Guardiamarina Guillermo Zañartu Irigoyen junto al TTE de Ejército Marcial Espejo Opando, en su avión ”De Havilland”.
A partir de 1930, ya conformada la Fuerza Aérea, una pléyade de Camaradas prendió su gloria a al avión pasando a integrar la bandada eterna el Alférez Jorge Lathrop Zabala, un 25 de julio en su avión “Curtiss”.
A dos años del ingreso de los primeros Cadetes de Aviación, un 15 de noviembre de 1944, fallecen en su avión “Fairchild”, los cadetes Jorge Silva Piderit e Isaac Menis Sucker.
Junto a ellos, en el transcurso de la vida institucional, tantos otros, también cumplieron con el supremo deber.
Los últimos, datan del año 2008, cuando un 2 de julio dieron sus vidas, en su avión “Twin Otter”, el CDG Sergio Fuentes Castorene, el STE Gabriel Medel Cáster, y el SG2o Marcos Oyarzo Llauquén.
Todos ellos son nuestros mártires del aire.
Allí está quién conocimos cercanamente como Camarada.
Está quien fue integrante de la familia siendo amigo, hermano, padre, hijo, esposo.
Él no está físicamente junto a nosotros, pero el vínculo afectivo es tan fuerte, que ese “amado” termina por fusionarse con nuestro propio ser.
Por ello podemos decir, con propiedad, que nos sumamos a la alabanza del reverendo padre Juan Ignacio Pacheco, cuando canta:
No necesito alas para volar hacia ti, |
no necesito fuego para sentir tu calor, |
no necesito dormir para poderte soñar, |
no necesita hablar para que escuches mi voz. |
¡Estas dentro de mí! |
La intensidad del vínculo afectivo hace que el “ausente” y el “presente” sean uno; se enlazan en la conciencia y llegan a ser parte de nuestra esencia.
Mas hoy, honramos a ese aviador, quien disfrutando en plenitud, truncó su vida con súbita muerte, llegando a tocar con su mano las estrellas.
Hoy honramos con solemnidad a ese ausente, quien se constituye como mártir de la aviación militar.
El aviador mártir nos exhorta con su ejemplo, conformando una ausencia presencial:
Su vida misma, su vivencia, se transforma en modelo. Se constituye en un referente con su testimonio.
En su acto de entrega, da cuenta de su fidelidad con el deber, otorgando veracidad a su juramento en que dio garantía de honor como soldado.
Su acción mortal logra cerrar esa sagrada promesa que abrió con fervor cuando juró, ante el pabellón nacional, su sempiterno compromiso vital con la Patria.
Por ello, honramos a nuestros mártires, pues apelando a su ejemplo, nos exhortamos a nosotros mismos. Es un exhorto silente mas no silencioso, donde su gesto de entrega y sacrificio da sentido a las palabras que los aviadores militares hemos pregonado por siempre en aras de la Patria: servir a la Patria, a través de la Fuerza Aérea, hasta rendir la vida.
Antaño, ellos inspiraron a los precursores; hoy en día, dan la fuerza a la savia nueva de aviadores militares representados aquí por los cadetes y alumnos de las escuelas matrices de la institución.
Los veteranos guerreros ya nos vamos, los nóveles soldados son el recambio que ha de custodiar a nuestra querida Institución. De ahí la importancia del relevo, del cambio de guardia, de esa acción que renueva las fuerzas y da vitalidad vigilante en la defensa de los bienes preciados de la patria.
Jóvenes, nuestra Institución es lo que es hoy, gracias a aquellos hombres y mujeres que, con impulso generoso, pleno de heroísmo, con clara visión del porvenir, han ofrecidos sus vidas, salud y energías.
No sólo han demostrado conocimientos, habilidades y destrezas. Los valores que profesamos han sido lo esencial.
Así lo avala nuestra historia aeronáutica y el prestigio por los cuales la Fuerza Aérea es reconocida y honrada a nivel mundial.
Ustedes, son los llamados a continuar la protección de nuestro patrimonio, la custodia de nuestras tradiciones, el recuerdo de nuestros mártires.
El exhorto vivencial del aviador mártir, también es un estímulo necesario para superar los momentos difíciles de la propia existencia. Así, en la vida, su ejemplo orienta la actitud y el comportamiento, inspirando, moldeando y apoyando los hábitos esenciales de nuestro accionar.
Mas esa partida que nos golpea, siempre, en mayor o menor grado, origina una crisis en el seno de la familia. Sabemos que es difícil la adaptación, que se hace pesada la carga. Ante tal pérdida, irreparable, como una sombra nos envuelve la aflicción.
Para algunos: el dolor agobia, la pena embarga, lacerando con el sollozo el gozo de la emoción. Para otros: la tristeza impera y la congoja se hace consciente más allá del quebranto, inundando con llanto de agonía la calma, rompiendo la armonía, ahogando el alma.
En ellos, el desgarro latente se hace vigente, siendo incapaces de conciliar el duelo con el consuelo; así, sin mayor revuelo, van aniquilando los despojos remanentes de su ser.
Tal tormento, es parte del apego sobrevalorado del ser humano por lo material, que otorga una sensación de bienestar duradero y protección total, olvidando que en este mundo todo es transitorio y temporal, y eso ocasiona desde malestar hasta sufrimiento, que es el gran pesar.
Mas debemos siempre recordar, que como pasajeros de este vuelo terrenal, los entes se degradan, se vencen, se van, se dañan, se mueren.
Sabemos que morir es, para el hombre, un “dejar de ser” y “de estar”.
La extinción de la vida humana plantea un crucial problema metafísico; y en búsqueda de respuestas, algunos abogan que este mundo, sensorialmente perceptible, constituye la única dimensión en que el hombre se desenvuelve. Otros sostienen, que existe más allá de la vida, un ámbito en el cual perduran intangibles las facultades del alma.
Sea cual sea la concepción de nuestras creencias, el dolor no ha de subyugar el espíritu. Ese espíritu vital que nos permite tomar plena conciencia de lo acontecido, que nos alienta a asumir con fortaleza nuestro padecer.
Ese espíritu que nos motiva a continuar por la senda de esta vivencia mundana, con paso vívido, con un vuelo esperanzador, con una mirada integral de la realidad; y con una actitud presta a recoger la amabilidad, el respeto y la bondad de los demás;
y también, a acoger con comprensión a los que continúan con nosotros.
Bien sabía de esto, el escritor cubano José Martí, cuando expresaba:
“No hay dolor más terrible que el que no se expresa a los demás; y no hay más hirvientes lágrimas, que las que al brotar de nuestros ojos, van gimiendo hasta el suelo, sin que una mano amiga las recoja para sí”.
Por esas lágrimas, es que se ha de abrazar, con todo el espíritu, al amor y la compasión; ellos nunca hieren u ofenden, solamente sanan el cuerpo y empoderan el alma.
Por ese dolor, que surge de las fibras más íntimas del ser, se ha de hallar, con todo el espíritu, un nuevo sentido por el cual pueda encauzar la existencia, con una visión trascendente que permita gozar en plenitud la vida.
De lo contrario, tal como lo señala el poeta indio Rabindranath Tagore “Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”.
Es necesario encontrar una respuesta meditada, al hecho que causa la aflicción, sin que el dolor en forma crónica se constituya en sufrimiento, en un martirio.
En tal padecimiento, sufre con el alma el que no es capaz de responderse, tras íntima reflexión, las tres preguntas básicas que conforman el sentido de la vida: ¿por qué?, ¿para qué? y ¿para quiénes?.
Y esas respuestas, son en definitiva, lo que uno termina siendo; y lo que permite hacer la diferencia, entre ¡estar con vida! o ¡estar viviendo!.
Es uno, el que tiene que decidir:
Cuánto ha de “vivir en la memoria” con “lágrimas que se ahoguen en el mar”, o
cuánto ha de “vivir en la esperanza” con “una canción que muera en el aire”.
He dicho.
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