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Una vida azarosa, de temple, metas alcanzadas, orgullo, desazón y reconocimientos en un mundo de hombres. La historia de la aviadora Margot Duhalde es la de una mujer que rompió todos los esquemas para ser fiel a su enorme pasión de ser una aviadora sin par, lo que quedó reflejado en su autobiografía “Mujer alada”, editada el año 2006.

Sufrió fracasos y penurias para llegar a pilotar más de 400 aviones en traslado desde Inglaterra al frente de batalla en el norte de África, durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso es una figura relevante para la aeronáutica tanto chilena como mundial; una auténtica heroína.

La insigne pionera, que falleció en 2018 a los 97 años, dejó un legado y un importante ejemplo acerca de no rendirse jamás en la búsqueda de una meta. Por eso, queremos compartir algunos extractos de su autobiografía que reflejan a Margot Duhalde, la primera piloto de guerra chilena.

“Mujer alada”

“Mi permanencia en Inglaterra no fue un camino de rosas, ni una expedición romántica llena de aventuras como se ven en las películas. Estaba en medio de un país en guerra, que recibía ataques a diario, en que la diferencia entre la vida y la muerte podía ser un asunto de segundos o de metros más o menos. No había, en realidad, mucho tiempo para dedicarlos a pulir detalles o tomar cuidados especiales con una persona determinada.

“Una semana después de mi llegada a Londres, sonaron las sirenas anunciando un ataque aéreo. Pasaron pocos minutos y se sintieron las explosiones de las bombas y los disparos de los cañones antiaéreos. En las situaciones siguientes aprendí a dominarme. Con la situación que se estaba viviendo ya eran miles los que estaban sin techo y buscaban refugio noche tras noche en las estaciones de trenes subterráneos.

"Mi primer día en el aeródromo fue horrible, porque no sabía qué hacer, con quién hablar. Pasaron la Navidad y el Año Nuevo de ese año 1941 y yo apenas progresaba en la instrucción, tanto por el mal tiempo como por mi poco dominio del idioma inglés. Por otra parte, debido a mi astigmatismo, se me hacía difícil leer la carta de navegación y ver el compás magnético, por los menos en los aviones como el Tiger Moth y el Magister, que lo tenían ubicado en el piso de la cabina”.

Luego de 3 intentos fallidos, incluido un aterrizaje forzoso por la densa neblina en un campo desconocido, con heridas en su rostro y destrozos en su avión, fue retenida e interrogada.

“Pensaba en las terribles cosas que podían pasarme. En mi interior abrigaba una esperanza, no sabía qué era, pero sí sabía que no me dejaría vencer tan fácilmente.

“En la base White Waltham me recibió Pauline Gower (instructora), quien no me dio ninguna esperanza. Con la frialdad que requería su puesto, me dijo que no servía para volar y me despidió definitivamente. En inglés champurreado intenté explicar, pero los nervios me traicionaron y rompí a llorar. Creo que lloraba por todo lo que había sufrido lejos de mi familia, de mi país y ahora frente a mi fracaso. Entre sollozos pedía que me dieran otra oportunidad de aprender inglés y que demostraría poder volar.

“Resolvieron dejarme como mecánico en el hangar de White Waltham, donde estuve 3 meses. Agradecía la oportunidad de quedarme. Creo que impresionó mi decidida intención de poner todo lo que fuera de mi parte al esfuerzo de todos. Me sentía una pequeña parte de un engranaje, a lo mejor desapercibida pensaba yo, para el resto”.

Después de un breve periodo, Margot fue readmitida en la escuela de vuelo, donde aprobó su entrenamiento y durante más de 3 años pilotó todo tipo de aeronaves, incluyendo bombarderos bimotores pesados.

“Finalmente, el 24 de septiembre de 1942 rendí mi examen con el Flight Officer Rambant. Fueron 2 horas y 15 minutos de circuitos y aterrizajes con y sin flaps, con un motor en bandera, sin velocímetros, emergencias y otras exigencias.

“Terminado el curso, fui enviada como piloto clase 4 y ascendida a First Officer, grado máximo al que podía aspirar, que me autorizaba a volar todo tipo de avión con uno o dos motores. Me sentí muy feliz porque todos los sacrificios, las angustias, las incertidumbres habían valido la pena. Había forjado mis alas sin rendirme jamás, hasta llegar a este nivel máximo por la ruta más dura.

“Entre 1944 y 1945, más o menos 600 pilotos transportamos 78.400 aviones de 99 tipos diferentes, con un total de 94.700 horas de vuelo”.

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